Nos adentramos con Javier Sierra en "La pirámide inmortal".


“LA PREOCUPACIÓN POR LA MUERTE ES LA RAZÓN POR LA QUE EXISTE LA LITERATURA”

Un lugar mágico. Un misterio desvelado. Un hombre eterno. O lo que es lo mismo, Egipto, el secreto de la inmortalidad y Napoleón Bonaparte son los protagonistas de la última y apasionante novela de Javier Sierra, con quien nos adentramos a conocer todos los enigmas de “La pirámide inmortal”. | Por Cristina Hernández.

El gran misterio de la humanidad, la inmortalidad, es la piedra angular sobre la que giran los argumentos de la nueva novela de Javier Sierra, La pirámide inmortal, una versión revisada, actualizada y ampliada de su novela El secreto egipcio de Napoleón. Después de El maestro del Prado, Javier Sierra vuelve con más emoción, más sentimiento, más enigmas. Agosto de 1799. Un hombre ha quedado atrapado en el interior de la Gran Pirámide y se debate entre la vida y la muerte. Es el joven general Napoleón Bonaparte. En ese lugar, aislado bajo toneladas de piedra, está a punto de serle revelado un secreto ancestral que alterará para
siempre su destino. Alquimistas, hechiceros, bailarinas egipcias, viejos maestros descendidos de las montañas y grandes personajes históricos competirán con él en la búsqueda del tesoro más preciado: la fórmula de la vida eterna.

Su voz, su elocuencia y la pasión con la habla de cada uno de los embaucadores misterios que protagonizan sus novelas, convierten a Javier Sierra en uno de los escritores que más placer provoca en todo lector que aprecie su trabajo. Recientemente ha publicado “La pirámide inmortal”, una nueva novela que toma de base otro de sus libros, “El secreto egipcio de Napoleón” (2002), cuyo resultado parte del interés de su autor por llevar a cabo una reestructuración más profunda de aquel texto: “Tengo vocación de que mis obras permanezcan, y para eso uno debe mejorarlas en la medida que le dé la vida. Como nadie puede mejorarlas mejor que el propio autor, pues no quería renunciar a esto”, señala Sierra antes de invitarnos a adentrarnos junto a él al Templo de Debod, el lugar más idóneo ubicado en la capital para presentarnos este nuevo y maravillo libro. “En esta obra he incorporado algo que no tiene ninguna de mis anteriores obras, que es el elemento del amor. Toda literatura transita necesariamente entre el Eros y el Tánathos, entra la vida y la muerte, y toda mi obra siempre ha esta más cercana al tánathos, quizás por mi obsesión con este tema. Esta es la novela que me ha redimido con el Eros. He invocado a Mat y he equilibrado una cosa con la otra”, argumenta el periodista turolense sobre el retrato de este remake literario, un trabajo del que afirma que desde su perspectiva como autor esta se trata de su novela más completa.

UN VIAJE AL CORAZÓN DEL TEMPLO
Los últimos rayos de sol nos hacen testigos de una espectacular puesta de sol, el aviso de que la hora de nuestra cita está llegando, y con ella la experiencia única de viajar al antiguo Egipto de la mano de uno de nuestros escritores favoritos. La belleza y la magia que envuelve al Templo de Debod son el preámbulo de la perfecta presentación de “La pirámide inmortal”, un encuentro en el que Javier Sierra nos invita a vivir una experiencia a pequeña escala, un viaje al corazón del templo para sentir como es el más allá porque un templo es el único lugar con el que llegar al más allá: “No es una presentación publica de mi libro, sino una experiencia para conocer mejor como el escritor ha construido esta novela. Y en el fondo, lo que estamos conjurando aquí es el acto supremo de magia egipcia”, expone el escritor. Antes de penetrar en este lugar, Javier explica el proceso de construcción de estos lugares y el significado que ello conlleva: “Cuando los antiguos egipcios decidían levantar un templo como el de Debod, lo hacían sobre las piedras de los templos que habían estado en ese lugar antes. De tal manera, que cuando uno estudia los templos del sur de Egipto, los famosos templos Nbuios, se encuentra que debajo están los frisos, dinteles, columnas que formaban un templo perteneciente a la antigüedad clásica”, afirma. Y es que, eso era la manera como los hombres del antiguo Egipto tenían de entender que era un templo: “Un templo no es una construcción, en realidad es un ser vivo, que como una planta, se necesita sembrar su semilla para luego regarla y verlo crecer. Pues esto, es lo que buscó Martín Almagro cuando se trajo el Templo de Debod a Madrid, aunque no hizo traer las piedras fundacionales me sirve para explicar como metáfora la elaboración de “La pirámide inmortal”, una novela que surge de los restos de “El secreto egipcio de Napoleón”, un trabajo anterior, de hace más de una década, cuando era un autor menos intrépido, más joven…”, comenta divertido Sierra, para quien perder esa juventud afirma haberle dado más técnica, más capacidad de reflexión y poder ver la novela de una manera diferente, como un ente vivo que tiene que funcionar para adentrar en la mente del lector.

Como si de un templo se tratara, Javier Sierra expone que ante la propuesta de la editorial de sacar una edición nueva sobre aquel libro del 2002, el revisarlo le hizo decidir demolerlo para levantar una historia reelaborada sobre la base de piedras funcionales de ese secreto egipcio de Napoleón. Ese secreto es el motor que sumerge al lector en una excitante trama y por el cual nos adentra al interior de la Gran Pirámide, uno de esos ‘lugares de los miles de años’ sobre los cuales los egipcios sabían que quienes los traspasan iniciaban un viaje hacia la eternidad: “Lo fantástico es que el egipcio no estaba obsesionado con la muerte sino que estaba seguro que la muerte era el inicio de un viaje de un millón de años. Toda su obsesión era prepararse para ese viaje”, enuncia nuestro guía antes de atravesar el pórtico de entrada al santuario de Debod.

LA PIRÁMIDE INMORTAL
Ligera, adictiva, fascinante… una verdadera máquina del tiempo con la que el lector viaja a ese cálido agosto de 1977 a la tierra de los faraones y las pirámides. Una novela asombrosa en la que Javier Sierra plasma nuevamente esa preocupación troncal que aparecen en muchos de sus libros: la preocupación por la muerte. “Al final es el destino inefable que nos espera a todos la razón por la que existe la literatura, y es que, la literatura no se inventa para entretener, se inventa hace más de 5000 años en Mesopotamia con la Epopeya de Gilgames para resolver precisamente a la pregunta del rey Gilgames, el rey Urut, sobre porque tenemos que morirnos, al porque los dioses son inmortales y los humanos somos mortales – explica con esa pasión que le caracteriza – Bueno, pues esta pregunta está en “La Pirámide Inmortal” y he encontrado una respuesta que no podía haber encontrado hace 12 años. Una respuesta sencilla, que como todas las grandes respuestas están a la vista de los ojos: Lo único que vence a la muerte es el amor. Lo vence por muchas razones pero sobre todo el amor preserva la memoria”. El escritor, este guía de excepción, apunta que una de las obsesiones que tenían los antiguos egipcios, especialmente sus reyes, era llenar sus construcciones con el nombre del faraón: “La preservación en piedra de la materia inmortal era para el antiguo Egipto que el nombre del faraón era inmortal, y esa preservación lo hacían los artistas poniendo amor en sus piedras”, manifiesta.

La Gran Pirámide es el epicentro de este relato, un lugar cuya función se ha discutido mucho a lo largo de los años, y es que, el vacío en su interior aleja la afirmación de que ella fue construida para albergar la tumba de Keops. Ello mueve al escritor a apoyar la postura que destaca este lugar como un campo de entrenamiento para el viaje del faraón tal y como relata el libro del Amdubab – un mapa que expone los pasillos que debe atravesar el alma para acceder a la inmortalidad-, un escenario para el entrenamiento del alma: “Yo no sé si esto lo sabía Napoleón Bonaparte cuando el 12 de agosto de 1799 llega a la meseta de Giza y decide pernoctar solo en el interior de la Gran Pirámide. Lo que sí sé es que Napoleón llegó a Egipto con las lecturas que había tenido sobre Alejandro Magno y César, ambos señores de Egipto, de quienes le contaron que ambos pasaron una noche en el interior. Esa noche augura una prueba de valor con la que enfrentarse al Abmurab”, explica Javier.

“Allí, muy probablemente se entraba vivo, se ejecutaba una ceremonia en el sarcófago y se emergía”

A falta de Pirámide de Keops, el templo de Debod sirve al escritor para asemejar esa experiencia sensorial vivida por Bonaparte invitándonos a vivirla a menor escala en este lugar, una sensación difícil de plasmar con palabras. “Cuando en el antiguo Egipto uno entraba por primera vez en un templo, lo primero que experimentaba era una sensación cada vez más curiosa de acústica. El templo era un modelo del universo, lo que generalmente se mostraba en los techos de estos lugares era el cielo, el cielo cósmico, y de lo que se trataba es que en este modelo los sacerdotes que podían entrar tuvieran cierto control sobre la naturaleza, pudieran sentir que aunque lo sagrado está muy arriba y uno muy abajo, busca una integración, busca amar”, ilustra el autor de “La pirámide inmortal”. Testimoniando esa integración en este trocito de Egipto en Madrid, nuestro guía nos invita a una pequeña reflexión, y es que, siendo este templo una construcción de más de 2000 años, la diferencia que hay de este y las pirámides es la misma que existe entre el acueducto de Segovia y las torres de Madrid: “Este lapso cronológico nos hace ver como ese concepto de pirámide ligado al de escalera ascendente, hacia el cielo, muy vinculadas a esa tradición, porque eran las puertas hacia las que debía seguir el faraón cuando se dirigiese al más allá. Dentro hay unas salas, que se pensaban que eran tumbas pero nunca se han encontrado”, puntualiza llegando al punto más enigmático de las inmersiones que podrían darse en este lugar: “En el centro del templo hay una sala principal en la que solo hay un sarcófago y apenas cabe una persona tumbada. Si se hubiera enterrado al farón Keops en ese sarcófago alguna vez, intentar girar hacia alguna de sus cámaras para llegar a esa sala es imposible. Yo he hecho la prueba. Allí, muy probablemente se entraba vivo, se ejecutaba una ceremonia en el sarcófago y se emergía”, determina Javier Sierra.
LA RESURRECIÓN DE NAPOLEÓN BONAPARTE
La fórmula de la vida eterna ha ido el tesoro más buscado y preciado de todos lo tiempos. Un objeto que a Napoleón Bonaparte le llevó a realizar esa ceremonia, un acto de los que no hay documentos que retraten esos rituales sagrados, por lo que el escritor señala que ello hace que solo se pueda especular, siendo muy probable que esas ceremonias tuvieran algo que ver con un proceso de resurrección, una creencia muy firme de la época: “Lo que Napoleón vivió esa noche en el interior de la pirámide tiene mucho que ver esto. Napoleón, entró en la parte más profunda de la pirámide, se tumbó en el sarcófago y pasó toda la noche, se sintió disolverse en la oscuridad, y cuando emergió y salió al viento y a la arena del Sáhara tuvo que experimentar que había vuelto a la vida. Cuando alguien muere y resucita, aunque sea simbólicamente como le pasó, ya no le tienes miedo a nada”, afirma. 
Aunque Napoleón nunca quiso hablar sobre esta experiencia, el escritor ratifica saber esto porque él paso su noche en la gran pirámide : “Sin esa noche yo no hubiera podido escribir este libro”, y es que, Javier Sierra pasó su noche a solas en el interior de la Gran Pirámide en 1997. Un acto con el que quiso emular lo que mucho tiempo atrás hizo el protagonista de su libro. 

“Esa fue la noche en la que Napoleón libró su verdadera gran batalla”

Sobre este episodio, Javier Sierra determina que su propia carta astral ya determinada el destino que tenía ligado su nombre, interpretada por el propio Napoleón como ‘la buena parte del león’, de alguna forma le estaba diciendo, o se estaba autodiciendo, que él era el coraje, el corazón del león y que llegaría donde él quisiera. Por ello, el escritor comparte que cuando Napoleón llega a Egipto en 1798 con sus ejércitos, estos inspeccionan estos templo porque él llega con la idea romántica en la que cabeza de que de alguna manera la civilización ha nacido de esta semilla, queriendo exprimir este conocimiento de la vida. Napoleón, además de sus soldados, llevó unos 170 hombres sabios para que hicieran una radiografía radical del antiguo Egipto como nunca antes se había hecho, haciendo incluso un inventario de los insectos, de las especies vegetales, de los peces del Nilo… un informe global enciclopédico – idea que daría lugar a la enciclopedia francesa – que es la descripción de Egipto, un libro que tardaría mucho en publicarse, y que a nivel editorial fue una revolución porque fue el primer libro con láminas a color. Un libro que será el legado de Napoleón, mucho más allá del legado militar, que aquí fracasó. 
Aunque él nunca sintió haber perdido esta batalla, horas más tarde de salir de Egipto se produce su huída en secreto de allí. Un hecho que Javier Sierra indica muy por encima en “La pirámide inmortal”, pero que en esta cita profundiza señalando que “regresando a Francia, y pudiendo haber sido juzgado de desertor al dejar allí a sus hombres, en vez de aparecer como un perdedor, como un militar sin futuro, se presenta ante el directorio de París como un mesías. Poco después da el golpe de estado y se hace con el control del país, y uno de sus primeros cambios fue el escudo de París – explicación incluida en el libro-. Esto lleva a demostrar que cualquier cosa que viviera, sufriera en el interior de la cámara del rey de la Gran pirámide esa noche de agosto, de alguna manera le dio el magnetismo del que bebió toda su vida”, conclusión literaria de Sierra que le hace afirmar “todos, sin excepción, guardamos en la memoria alguna experiencia muy privada donde poder refugiarnos en tiempo de tempestad. Y creo que esto fuel o que supuso a Napoleón esta noche, la noche en la que libró su verdadera gran batalla”.
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